viernes, 23 de marzo de 2012

Una bala perdida, hecha a mi medida.


O como volver a sentir esa felicidad, la de verdad, la única verdad que he sentido durante mucho tiempo, la que pensé que había perdido para siempre. La felicidad que me dan esas pestañas, esas manos, esos besos.
O como querer quedarme a vivir en su coche para siempre y que el mundo se acabara ahí fuera...que el tiempo pasara sin notarlo y no separarme ni un milímetro de su cuerpo. O como que da igual lo que pase, que siempre volvemos a ser dos; por que hay lazos que están predestinados.





Ver el sol entre las raíces del pasado que vuelve cuando menos te lo esperas. Rezas porque se vaya pero él es el que decide. Su tiempo, su momento, su historia y la tuya. Quiere ser el que te reescriba las cicatrices que un día fueron herida. Pero tú tratas de no perder el compás, de seguir las líneas, los ritmos de tu alma que va primero y él detrás. Como con las manos que hormiguean y la angustia que mata. El nudo en la garganta de impotencia de ni saber, ni poder. Y quizás tampoco querer. Como con las frases cortas y las historias largas. El tiempo que se escapa y las mentiras que atrapan. Realidad en este mundo de locos dónde alguien juzga mientras los demás esperan. Igual que cuando te quedas sin aire por exceso de oxígeno. O cuando le lloras a tus musas porque nadie más puede. Como alguien único que es admirado, o el olor a gasolina que recuerda a quemarte para hacerte arder. Y ser una historia que contar un par de años después cuando la gente te repita. Porque todo vuelve cuando está roto. Y también cuando no. Cuando la vida se vuelve monótona y ni una risa la cambia. Cuando vives por rutina y mueres cada día. Perder las fuerzas y no querer ir a encontrarlas. Buscarte a ti mismo y perderte también. Entre noches que hielan y velas que queman. Y sábanas donde jugar a quién mata y muerde más. Siete vidas como los gatos cuando son negros y traen consigo la suerte de regalo. Seis canciones de mi casa a la tuya y cinco horas agonizando. Cuatro noches de nostalgia y tres cigarros a medias. Dos heridas sin curar y una mañana que amanece tras persianas mientras tú, bajo las sábanas, sueñas con no despertar.



Dame calor, que a fuego lento no se calientan mis huesos.

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