Ver el sol entre las raíces del pasado que vuelve cuando menos
te lo esperas. Rezas porque se vaya pero él es el que decide. Su tiempo, su
momento, su historia y la tuya. Quiere ser el que te reescriba las cicatrices
que un día fueron herida. Pero tú tratas de no perder el compás, de seguir las
líneas, los ritmos de tu alma que va primero y él detrás. Como con las manos
que hormiguean y la angustia que mata. El nudo en la garganta de impotencia de
ni saber, ni poder. Y quizás tampoco querer. Como con las frases cortas y las
historias largas. El tiempo que se escapa y las mentiras que atrapan. Realidad
en este mundo de locos dónde alguien juzga mientras los demás esperan. Igual
que cuando te quedas sin aire por exceso de oxígeno. O cuando le lloras a tus musas
porque nadie más puede. Como alguien único que es admirado, o el olor a
gasolina que recuerda a quemarte para hacerte arder. Y ser una historia que
contar un par de años después cuando la gente te repita. Porque todo vuelve
cuando está roto. Y también cuando no. Cuando la vida se vuelve monótona y ni
una risa la cambia. Cuando vives por rutina y mueres cada día. Perder las
fuerzas y no querer ir a encontrarlas. Buscarte a ti mismo y perderte también.
Entre noches que hielan y velas que queman. Y sábanas donde jugar a quién mata
y muerde más. Siete vidas como los gatos cuando son negros y traen consigo la
suerte de regalo. Seis canciones de mi casa a la tuya y cinco horas agonizando.
Cuatro noches de nostalgia y tres cigarros a medias. Dos heridas sin curar y
una mañana que amanece tras persianas mientras tú, bajo las sábanas, sueñas con
no despertar.
Vamos a dejar de engañarnos, ni tú vas a aparecer de golpe y de
frente para decirme que me quieres ni yo voy a tener la valentía suficiente de
mirarte si no es a escondidas. No eres de los que prometen que me querrá hoy,
mañana y siempre, porque ni siquiera eres capaz de asegurar que seguirás en mi
cama , después de que el despertador marque las 2, y la verdad, yo siempre
acabo volviendo a las andadas, a los tacones en la mano, el pintalabios fuera
de lugar y las medias rotas a mordiscos. Así que miénteme y
dime que esto no tiene fecha de caducidad y yo te prometo no volver a las
andadas.
EL DOLOR DE AYER ES LA FORTALEZA DE HOY
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