Nos acostumbramos a perder, a los giros inesperados de la vida que nos apuñalan por la espalda. Nos acostumbramos a olvidar, porque de eso se trata, de llegar al punto de borrar de nuestra memoria todo lo que, por no tenerlo, nos genera dolor. Nos acostumbramos a la mediocridad, a la hipocresía. Nos acostumbramos a ser cómplices de aquellos que critican los diarios. Nos acostumbramos a escuchar los gritos de los débiles, así como escuchamos al viento que viene y se va. Nos acostumbramos a que lo malo sea cotidiano, a creer que la muerte no es la salida para los que merecen el cielo. Nos vivimos acostumbrando a no sembrar nada y a cosechar basura vieja.
La mayoría de los días pasan por nuestras vidas sin
recuerdos en la memoria.. Aquel día, 9 de enero, era lunes; y
aquel momento, las 12:17, el fin.
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