martes, 5 de febrero de 2013

Se juega la vida, siempre a causas perdidas


¿Dónde? Esa no sería la pregunta. La pregunta que yo me haría sería en que momento de tu vida elegirías cada lugar.

Probé, pensé y fallé. Describí varias posibilidades pero ninguna era el lugar perfecto. Porque a la vez que rechazo una gran ciudad, mataría por una noche en un ático en el centro de Nueva York, con todos sus edificios ante mis ojos, luminosos durante la noche. A la vez que me encanta la nieve  y el aislamiento de la naturaleza salvaje, me gusta el mar, las playas eternas y el agua celeste con sus arrecifes.
Al igual que un día me gusta aislarme otro quiero gritar junto a un millón de personas. Mientras que hay días en los que busco la tranquilidad de una tarde lluviosa y azotada por el viento, otros quiero correr por un prado verde. 
Mi cabeza sería el lugar perfecto, pues a la vez que puedo estar un segundo en la selva amazónica al otro puedo pasear por cualquier calle de una ciudad. Puedo corregir cosas del paisaje que no me gustan, añadir sonrisas en las miradas crueles y hacer de un desolado país un estallido de colores y alegrías. Es mía, así que yo la hago perfecta y, aunque a veces necesite cosas materiales en mi mundo para ser feliz, me conformo con poco. Así crecieron árboles, cayeron muros, aparecieron  montones de caballos y se acercó el cielo. Aún así siguen existiendo zonas deshabitadas, pero estás buscando propietario.

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