Mientras luchaba, veía a personas hablando en nombre de la libertad, y cuanto más la defendían más esclavas se mostraban de los deseos de otros, de un matrimonio en el que prometían quedarse junto al otro "el resto de su vida", de la báscula, de las dietas, de los proyectos irrumpidos a la mitad, de los amores a los que no se les podía decir "no" o "basta", de los fines de semana en los que se veían obligados a intimidar con con quien no deseaban. Esclavas del lujo. Esclavas de la apariencia del lujo, de la apariencia de la apariencia del lujo. Esclavas de una vida que no habían escogido, pero que habían decidido vivir porque alguien las había convencido de que era la mejor.
Tú me dices que soy libre, ahora, y es lo que más aprecio en este mundo. Claro que eso me ha llevado a beber vinos que no me han gustado, a hacer cosas que no debería haber hecho y no volveré a repetir, a tener muchas cicatrices en mi cuerpo y en mi alma, a herir a alguna gente, a la cual acabé pidiendo perdón, en una época en la que aprendí que podía hacer cualquier cosa, menos obligar a alguien a seguirme en mi locura, en mi sed de vivir. No me arrepiento de los momentos en los que sufrí, llevo mis cicatrices como si fueran medallas, sé que la libertad tiene un precio alto, tanto como el de la esclavitud; la única diferencia es que pagas con placer y con una sonrisa, incluso cuando es una sonrisa manchada de lágrimas.
Paulo Coelho
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